Cuando era chica vivía en una vieja granja rodeada de árboles añosos.
Había de varias especies..los recuerdo por nombres,- algunos-, no todos..Para el lado que se ponía el sol, el lugar que daba con un alambrado de un campo de sembradíos..bueno,- no se si por el medio-, pero pasaba
un tren. Atrás de los largos choclos o plantas de maíz venía asomando
el humo gris que tiraba nubecitas al cielo, luego aparecía el ruido de la locomotora y después se veía el techo de chimeneas que tenía la
máquina y atras engarzadas en fila los cuatro o cinco vagones..
El ferrocarril era lo unico que rompía la monotonía de ese lugar, que después de su paso, quedaba en silencio de siesta.
Ahí se podía escuchar el rugido de la corteza del árbol cuando se levantaba viento..viento muy leve pero al no haber nada que lo contenga hacía crujir la madera, hacía silvar los manojos de hojas, hacia girar las aspas del molino, hacía aplastar al pasto duro y seco..
En ese tiempo no había casi televisión..eran pocos los que tenían..
Nosotros teníamos radio y las escuchaban los adultos a ciertas horas. Como decía el silencio se hacía escuchar..Mis juguetes eran con la naturaleza..mis muñecos eran los gatos,-a quienes-, con mis ocho años, los llevaba en una bolsa de trapo, a pasear por el inmenso campo..nos ibamos de pic-nic..les decía y juntaba pedacitos de pan para darles de comer..los guardaba en mis bolsillos del delantal.
Ellos no se acostumbraban a esos paseos..teníamos que llegar hasta el bosque, un lugar donde se había juntado agua verde y quedado estancada en medio de grandiosos árboles que regaban el estanque con sus salvias verdes y las ranas adobaban con sus huevos rosados los juncos de la ribera.
El lugar quedaba un poco alejado de mi casa, asi que los gatos primero se peleaban entre ellos pero cuando veían que el bolso era chico e iban apretados solo se molestaban en dar un rugido de molestia.
Una vez que llegabamos al lugar, lo primero que hacía era preparar un pastel de chocolate con barro negro, luego buscaba los huevos de los renacuajos que para mi eran frambuesa fresca y adornaba el postre, luego procedía a sacar a mis gatos del bolso para darles las miguitas de pan y lejos de comerselas, emprendían alocada carrera hacía la casa antes de que yo los agarre..igual ya sabía que esos ingratos felinos siempre me hacían lo mismo, pero igual era un placer caminar en la siesta con ellos hasta mi bosque..
ya sola me sentaba a admirar los árboles, a escuchar el chapoteo de las ranas en esa agua viscosa verde que parecía gelatina de pepino.
Una vez me animé a cruzar el puente que hizo un árbol caído a través de la pequeña laguna, después de un temporal.Me caí a esa agua fangosa verde y tarde un poco en salir,no era honda, pero si resbaladiza y con todo el asco en el alma me fuí a la casa llorando.Los gatos hacía rato que habían escapado de mi y siempre los encontraba durmiendo la siesta sobre los cestos de mimbre y yo siempre los despertaba con un beso,pero ese día, ni bien escucharon el clocleo chirlo de mis zapatos llenos de agua,
despertaron, me miraron y no me reconocieron debajo de ese disfráz de barniz verde de los pies a la cabeza y junto al alarido que pego mi mamá al verme asi,justo cuando se levantaba de su siesta, ellos, mis muñecos,mis gatos huyeron despavoridos para el lado de los maizales..habrán pensado que salió un monstruo del lago del bosque..Todo verde.