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Borges y Sabato.
Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los aconteciemientos
de Barracas, un muchacho alto y encorvado caminaba por uno de
los senderos del parque Lezama.
Se sentó en un banco, cerca de la estatua de Ceres, y permaneció sin
hacer nada, abandonado a sus pensamientos."Como un bote a la
deriva en un gran lago aparentemente tranquilo pero agitado por
corrientes profundas", pensó Bruno, cuando, después de la muerte
de Alejandra, Martín le contó, confusa y fragmentariamente, algunos
de los episodios vinculados a aquella relación. Y no sólo lo pensaba
sino que lo comprendía ¡y de qué manera!, ya que aquel Martin de
diecisiete años le recordaba a su propio antepasado, al remoto Bruno
que a veces vislumbraba a través de un territorio neblinoso de treinta
años; territorio enriquecido y devastado por el amor, la desilusión
y la muerte. Melancólicamente lo imaginaba en aquel viejo parque,
con la luz crepuscular demorándose sobre las modestas estatuas,
sobre los pensativos leones de bronce, sobre los senderos cubiertos
de hojas blandamente muertas. A esa hora en que comienzan a
oírse los pequeños murmullos, en que los grandes ruidos se van
retirando, como se apagan las conversaciones demasiados fuertes
en la habitación de un moribundo; y entonces, el rumor de la
fuente, los pasos de un hombre que se aleja, el gorjeo de los pájaros
que no terminan de acomodarse en sus nidos, el lejano grito de un
niño, comienzan a notarse con extraña gravedad.
Un misterioso acontecimiento se produce en esos momentos: anochece.
Y todo es diferente: los árboles, los bancos, los jubilados que encienden
alguna fogata con hojas secas, la sirena de un barco en la Dársena Sur,
el distante eco de la ciudad. Esa hora en que todo entra en una existencia
más profunda y enigmática. Y también más temible, para los seres
solitarios que a esa hora permanecen callados y pensativos en los
bancos de la plazas y parques de Buenos Aires.
Martín levantó un trozo de diario abandonado, un trozo en forma de
país: un país inexistente, pero posible. Mecánicamente leyó las palabras
que se referían a Suez, a comerciantes que iban a la cárcel de Villa
Devoto, a algo que dijo Gheorghiu al llegar. Del otro lado, medio
manchada por el barro, se veía una foto: Perón visita el Teatro
Discépolo. Más abajo, un ex combatiente mataba a su mujer y a otras
cuatro personas a hachazos.
Arrojó el diario:".Casi nunca suceden cosas", le diría Bruno, años
después," aunque la peste diezme una región de la India". Volvía
a ver la cara pintarrajeada de su madre diciendo:"existís porque
me descuidé".Valor, sí señor, valor era lo que le había faltado.
Que si no, habría terminado en las cloacas.
madrecloaca.
--Cuando de pronto--dijó Martín--tuve la sensación de que alguien
estaba a mis espaldas, mirándome.
Durante unos instantes permaneció rígido, con esa rigidez expectante
y tensa, cuando, en la oscuridad del dormitorio se cree oír un sospechoso
crujido. Porque muchas veces había sentido esa sensación sobre la nuca.
pero era simplemente molesta o desagradable; ya que (explicó)
siempre se había considerado feo y risible, y lo molestaba la sola
presunción de que alguien estuviera estudiándolo o por lo menos
observándolo a sus espaldas; razón por la cual se sentaba en los
asientos últimos de los tranvías y ómnibus, o entraba al cine cuando
las luces estaban apagadas. En tanto que en aquel momento sintió
algo distinto. Algo--vaciló como buscando la palabra más adecuada--,
algo inquietante, algo similar a ese crujido sospechoso que oímos,
o creemos oír, en la profundidad de la noche......
Fragmento del libro:Sobre Héroes y Tumbas
Cortesía-Ernesto Sabato-Editorial Sol 90
Biblioteca de la Literatura Universal .
Beatriz Else-libros que leí y recomiendo-